
Si bien Munich se centra en el conflicto israelí-palestino y Syriana está más interesada en la relación entre la industria del petróleo, los jeques árabes y el terrorismo, ambos filmes trabajan sobre el choque de culturas y el enfrentamiento entre visiones del mundo que son más similares de lo que se cree.
En el extraordinario documental de la BBC The Power of Nightmares, su creador Adam Curtis traza los paralelos y similitudes entre el ascenso al poder de los fundamentalistas islámicos y de los neoconservadores norteamericanos, y analiza cómo esa aparente oposición revela idénticas intenciones políticas y similares mitologías religiosas para sostenerlas. Munich y Syriana se suman a esa tesis. A diferencia del filme de Spielberg, que opta por el clasicismo en la narración y en la construcción de personajes, y que deja de lado el tema económico para centrarse en un debate moral, la opera prima del guionista de Traffic, Stephen Gaghan, usa la estructura de ese filme que dirigió Soderbergh para contar —en un tono seco, realista, de noticiero— las historias cruzadas de más de una decena de personajes ligados a la industria del petróleo.

Resumir las historias tomaría cientos de líneas. Digamos, simplemente, que hay un agente de la CIA (George Clooney, extraordinario) enviado a asesinar a un jeque que se opone al control norteamericano en su país. Hay un asesor (Matt Damon), que entra en el juego de los petrodólares tras una desgracia familiar. Y están los popes del petróleo norteamericanos, tratando de unir fuerzas para quitarles contratos a los chinos y, a la vez, esquivar todo tipo de investigación oficial que busque revelar corrupción en sus manejos. Y también hay musulmanes descontentos y con acceso a armas peligrosas.
