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26 enero 2006

Munich

Como una suerte de espejo de la película de David Cronenberg, Una historia violenta, el filme de Steven Spielberg Munich retoma el análisis y el debate sobre la cultura de la violencia. Y si bien lo hace de una manera muy distinta, tiene un nivel similar de ambigüedad respecto a la fascinación y el desgarro que genera el tema en los hombres y en la cultura.

En primera instancia, Munich es una película sobre el conflicto israelí-palestino. Esta es su lectura más evidente. El filme parte del atentado del grupo terrorista Setiembre Negro contra once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de 1972 para centrarse luego en la venganza que emprende, en secreto, el Estado de Israel contra los que perpetraron ese crimen. Un agente del Mossad, Avner (Eric Bana), es el encargado de armar un grupo con cuatro hombres más y recorrer Europa a la caza de sus objetivos.

Podría decirse que el sistema operativo del grupo es una suerte de judaico Kill Bill. Deben matar uno por uno a los supuestos responsables hasta llegar al líder, el más protegido y complicado de matar. Entre crimen y crimen, aparece en el grupo la culpa, las dudas y los temores, se debate sobre lo moral y/o ético de los asesinatos cometidos, y se planea el próximo paso.

Pero el fuerte de Munich no es su formato de película de espionaje (de hecho, termina haciéndose algo reiterativa con sus 166 minutos), sino en cómo la experiencia va transformando a su protagonista, que pasa de ser un fiel ejecutor de órdenes que jamás cuestiona a sus superiores (su padre es un héroe de guerra) a dudar acerca de su misión.

Spielberg trata de balancear las miradas sobre el conflicto de una forma que será mejor apreciada en su contexto. Viniendo de parte del cineasta judío más reconocido de la historia (y uno con fuertes lazos con Israel), Munich es furiosamente crítica con la política israelí para con los palestinos, mostrando a los militares y al gobierno de Israel asumiendo que, para sobrevivir, hay que dejar de lado ciertos valores, aunque esos sean los mismos valores que sostiene la religión que profesan.

Y si bien Munich no entra en el terreno de distinguir lo judío y lo israelí como modelos de pensamiento sustancialmente diferentes (el filme es confuso en ese aspecto), Spielberg se ubica muy lejos de la política actual del gobierno israelí en materia antiterrorista. Y lo hace con una mirada, si se quiere algo naive, pero profundamente humanista.

Ahí es donde la película utiliza la metáfora "Munich" —algo que queda muy claro en el primer y último plano— para hablar de la situación actual en los Estados Unidos y su "guerra contra el terror". Reemplacemos los Juegos Olímpicos por las Torres Gemelas —otro setiembre negro según el filme—, imaginemos que Golda Meir es Bush y que los israelíes son norteamericanos. ¿Qué les dice Munich a los estadounidenses acerca de la manera de actuar de su gobierno, su sistema de represalias, su ojo por ojo, y la cadena de violencia que eso conlleva?

En tercera instancia, Munich se convierte en una reflexión cinematográfica sobre la forma en la que, como espectadores, acepta mos y deseamos la violencia del justo, la represalia del inocente injustamente atacado. En cada asesinato del grupo conducido por Avner (y que también integran el nuevo James Bond, Daniel Craig, y el francés Mathieu Kassovitz, entre otros), Spielberg nos pone ante situaciones ambiguas y confusas, en las que el protagonista —y el espectador— comienzan a ver lo disperso, poco efectivo, cruento y perturbador de la misión, su carácter azaroso y su profunda inutilidad.

Un contraplano excesivamente sangriento, una bomba que puede causar muertes inocentes, los tejes y manejes de los distintos grupos de informantes: todo suma a confundir y agotar a Avner y los suyos. Y también al espectador, que termina el filme perturbado, pero a la vez algo agotado.

Spielberg no maneja el discurso indirecto de Cronenberg. Lo suyo aquí no va por el lado de las sutilezas y los juegos genéricos, y por momentos hace simpáticos pero algo banales llamamientos a la hermandad. Pero si bien Munich no es un tratado sobre la puesta en escena de la violencia, el director de Tiburón abre el juego a un debate sobre el morbo del espectador en secuencias como la del asesinato de una mercenaria holandesa y las de los operativos en París y Chipre.

Más allá de las deficiencias citadas, MunichE.T. hasta hoy. Aquí, como en aquel filme o en Encuentros cercanos del tercer tipo, Spielberg parece volver a sus orígenes como cineasta: a plantearse que, en el choque cultural entre dos mundos diferentes, podamos ver que no somos tan distintos como pensamos.

Para bien o para mal...