
En primera instancia, Munich es una película sobre el conflicto israelí-palestino. Esta es su lectura más evidente. El filme parte del atentado del grupo terrorista Setiembre Negro contra once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de 1972 para centrarse luego en la venganza que emprende, en secreto, el Estado de Israel contra los que perpetraron ese crimen. Un agente del Mossad, Avner (Eric Bana), es el encargado de armar un grupo con cuatro hombres más y recorrer Europa a la caza de sus objetivos.
Podría decirse que el sistema operativo del grupo es una suerte de judaico Kill Bill. Deben matar uno por uno a los supuestos responsables hasta llegar al líder, el más protegido y complicado de matar. Entre crimen y crimen, aparece en el grupo la culpa, las dudas y los temores, se debate sobre lo moral y/o ético de los asesinatos cometidos, y se planea el próximo paso.
Pero el fuerte de Munich no es su formato de película de espionaje (de hecho, termina haciéndose algo reiterativa con sus 166 minutos), sino en cómo la experiencia va transformando a su protagonista, que pasa de ser un fiel ejecutor de órdenes que jamás cuestiona a sus superiores (su padre es un héroe de guerra) a dudar acerca de su misión.

Y si bien Munich no entra en el terreno de distinguir lo judío y lo israelí como modelos de pensamiento sustancialmente diferentes (el filme es confuso en ese aspecto), Spielberg se ubica muy lejos de la política actual del gobierno israelí en materia antiterrorista. Y lo hace con una mirada, si se quiere algo naive, pero profundamente humanista.
En tercera instancia, Munich se convierte en una reflexión cinematográfica sobre la forma en la que, como espectadores, acepta mos y deseamos la violencia del justo, la represalia del inocente injustamente atacado. En cada asesinato del grupo conducido por Avner (y que también integran el nuevo James Bond, Daniel Craig, y el francés Mathieu Kassovitz, entre otros), Spielberg nos pone ante situaciones ambiguas y confusas, en las que el protagonista —y el espectador— comienzan a ver lo disperso, poco efectivo, cruento y perturbador de la misión, su carácter azaroso y su profunda inutilidad.
Un contraplano excesivamente sangriento, una bomba que puede causar muertes inocentes, los tejes y manejes de los distintos grupos de informantes: todo suma a confundir y agotar a Avner y los suyos. Y también al espectador, que termina el filme perturbado, pero a la vez algo agotado.

Más allá de las deficiencias citadas, MunichE.T. hasta hoy. Aquí, como en aquel filme o en Encuentros cercanos del tercer tipo, Spielberg parece volver a sus orígenes como cineasta: a plantearse que, en el choque cultural entre dos mundos diferentes, podamos ver que no somos tan distintos como pensamos.
Para bien o para mal...