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15 enero 2006

El Codigo Da Vinci

Si algo no podía sucederle a ella era la indiferencia. Pero Hollywood, esa máquina de fantasías posibles y de las otras, fue capaz de hacerlo y, durante una semana, la tabla de álamo de 77 por 53 centímetros sobre la que Leonardo Da Vinci hizo que Mona Lisa reposara en gesto placentero, mano sobre mano, desde 1506, fue casi de utilería.

Ocurrió en esas noches de julio de 2005 durante las cuales un equipo de filmación copó el Museo del Louvre –algo inédito en sus 211 años de vida– para camuflarlo en escenografía de película.

“Odio decir esto, pero la mayoría de las tomas se realizaron en la Gran Galería del Louvre. Como la obra maestra de Da Vinci se aloja en una pequeña habitación de al lado y no teníamos autorización para filmarla, el equipo técnico decidió utilizar esa sala como depósito”, blanquea el director de El código Da Vinci, Ron Howard, embarcado en la ambiciosa misión de llevar al celuloide la polémica novela del estadounidense Dan Brown que ya leyeron 25 millones de personas en todo el mundo.

Ungido para interpretar a Robert Langdon, el profesor de simbología religiosa de Harvad que protagoniza la historia, Tom Hanks aún no sale de su asombro: “Mirabas un rincón y veías el lugar repleto de cosas que se utilizan para hacer películas: cajas, herramientas, pies de cámara, accesorios … y la Mona Lisa..”

A pesar de que el cuadro que jamás nadie se atrevió a valuar –nunca fue tasado– es central en la primera parte de la trama, El código Da Vinci, que se estrenará el 18 de mayo, acudió a una réplica, con perdón de los presentes.

“No podíamos escribir mensajes para decodificar sobre la Mona Lisa auténtica –aclara el director para desterrar cualquier atisbo de desilusión en la platea–. Por cuestiones de seguridad y de preservación, tuvimos que ser muy precisos en cada toma.” Nadie dijo ni mu .No hubo lugar a quejas después de los tres meses que les llevó a Howard y al productor Brian Grazer que las puertas del Louvre se abrieran para encender las cámaras.


Westminster dijo que no

Menos amable que el museo francés, la Abadía de Westminster –otro de los escenarios para rodar El código Da Vinci–, se negó a convertirse en set de filmación, tal vez por la poca simpatía que despertó la novela. Sobre todo en aquellos pasajes, por más ficción que le atribuyan, que aseguran que Cristo estuvo casado con María Magdalena, que tuvo una hija cuya estirpe ha sobrevivido en Europa y que la Iglesia Católica se ha dedicado a cubrir esa verdad durante dos mil años.

¿Intentará suavizar algún aspecto polémico la película de Ron Howard? “Sería ridículo haber elegido este tema y evitar sus costados más ásperos –dice el director–. Hicimos esta película porque nos gustó el libro tal cual es”. Esta vez, sin embargo, lo mejor de los recursos especiales de Hollywood debió quedar en el olvido. Nada de sangre en el piso, para empezar. “Figuraba en el guión y no lo pudimos hacer –lamenta Howard–. Tampoco podíamos descolgar cuadros y, obviamente, no estábamos autorizados a iluminar directamente ciertas pinturas. Fue difícil filmar en algunos momentos.”

En una temporada de cine 2006 que se perfila de alta competición -Superman vuelve a la pantalla grande y ya se han anunciado terceros capítulos de las sagas de Hombres de negro y Misión Imposible-, se pagaron 6 millones de dólares por los derechos de la novela más otros 125 millones que Columbia Pictures desembolsó para rodar la película sobre un profesor de simbología de Harvard que queda atrapado en un misterioso asesinato de proporciones bíbilicas. Algo que la revista estadounidense Newsweek definió como “una combinación de thriller, manifiesto religioso y conferencia de arte histórico”.

“Sabíamos que el libro era polémico y nos preparamos para eso”, explican Howard y Grazer, que trabajaron juntos en doce películas –en 2001 ganaron el Oscar por Una mente brillante– y fundaron en 1985 la productora Imagine Films Entertainment.


Tour por el museo

Las noches de filmación, el trailer de Tom Hanks dormía estacionado fuera del Louvre, lo que lo obligaba a atravesar silenciosas galerías para llegar al set. “Era una caminata genial al trabajo –bromea el actor–. Era pasar delante de La coronación de la emperatriz Josefina, Leonidas en las Termópilas… una obra de arte detrás de otra.”

Hanks, que para su personaje de Langdon tuvo que dejarse crecer el pelo, confiesa su primer encuentro con un secador de cabello. “Es la primera vez en la vida que debo usar uno”, ríe. Y aunque gracias a un estómago resfriado cercano al director se supo que hubo tres actrices ganadoras de Oscars que se autocandidatearon para el rol de la heroína, el traje de Sophie Neveu llegó planchadito e intacto hasta la puerta de Audrey Tautou, la francesita de 27 años que aún le cuesta lograr que la vean diferente del personaje de Amelie que interpretó en 2001.

Para Howard, la única consigna propuesta para el casting era respetar la nacionalidad de los personajes. Nada de acentos fingidos, esta vez. Viajó a París para buscar a la protagonista femenina de El código Da Vinci y Tautou no figuraba en la lista. La chica le resultaba demasiado dulce, como la había visto en Amelie. “Yo pensé exactamente lo mismo –dice Audrey–. Pensé: ‘Soy muy jóven, muy dulce’. Tenía claro que no soy lo suficientemente convencional. No soy alta ni bonita”.

Pero el director de El código..., mientras tanto, se hizo de un par de videos de la chica en roles más ásperos y se decidió por ella. “Me parece genial que Ron haya tenido en cuenta a alguien que no es famoso en Estados Unidos –dice la actriz que se impuso a otras treinta candidatas que pasaron por el casting–. Alguien que no está en las tapas de las revistas.”


Sin códigos

Desde su publicación, en 2003, El código Da Vinci se convirtió en la gallina de los huevos de oro. Montó una industria global que generó desde documentales críticos hasta tours organizados por los escenarios de la novela. Ha sido condenada, sin embargo, por el Vaticano: considera que el texto disemina falsedades sobre la Iglesia Católica Romana. Tampoco fue aplaudida por un sector de la crítica literaria, que la acusa de difundir una escritura pobre y deslucida.

La Liga Católica, también sensibilizada por el modo en el que la novela retrata a Cristo, hizo llegar una carta a la productora, pidiendo que a la película se adjuntara un desagravio. “Dicen que es pura ficción pero eso no soluciona nada –se queja William Donahue, presidente de la Liga–. Con ese criterio, se puede decir que Cristo tenía tres cabezas.”

El Opus Dei no fue menos. Algo apaleado en la novela de Dan Brown –el asesinato en el Louvre es cometido por un monje del Opus–, el vocero del movimiento religioso, Brian Finnerty, aseguró que, antes de que comenzara la filmación, había pedido que la película no mencionara el nombre del Opus Dei, pero que nadie le había dado una respuesta.

“Se habla del Opus Dei en el libro y no es nuestra intención silenciar ningún aspecto que figura en la historia”, retruca Howard, que parece más concentrado en complacer a quienes han disfrutado con la novela que a aquellos que preferirían silenciarla.

Buscando inspiración para convertir en menos de 180 minutos lo que El código Da Vinci de tinta y papel desarrolla en 20 horas, Howard repasó clásicos thrillers con elementos espirituales como El exorcista y El bebé de Rosmary y películas donde la acción surge de las conversaciones como ocurre en Todos los hombres del presidente.

“El novelista suele ser el público más escéptico respecto de la adaptación. Pero creo que la gente que vaya al cine va a salir con la idea de que vio la novela”, fue lo único que dijo Dan Brown en un intento, quizá, de conquistar a los 6.475 millones de humanos que habitan el planeta y aún no hay leído su libro