02 mayo 2008

Offside

Desde que se dio a conocer con El globo blancoAbbas Kiarostami, Jafar Panahi se convirtió en uno de los cineastas de la primera línea de fuego del cine iraní y como tal en niño mimado del circuito de festivales internacionales. Pero a diferencia de su mentor, con quien siempre compartió una visión crítica del fundamentalismo que ahoga la vida cotidiana en el régimen teocrático de su país (y que les ha valido a ambos la sistemática prohibición de sus respectivas obras), el cine de Panahi ha ido privilegiando cada vez más la preeminencia del relato por sobre las experimentaciones formales. Es el caso de Offside, su película más reciente y accesible, una fábula transparente, de ambiente futbolero (tal como indica explícitamente su título), pero que aprovecha esa coartada popular para volver sobre uno de los temas más fuertes y recurrentes en su cine: la discriminación de la mujer en Irán. (1995), filmada a partir de un guión de su colega

Esa preocupación fue el motor de uno de sus mejores films, El círculo (2000), que daba cuenta de la persecución policial que sufren muchas veces las mujeres en Teherán, y es ahora también el punto de partida de Offside, donde Panahi narra el conflicto de unas adolescentes que, burlando la ley que impide a las mujeres iraníes ingresar a los estadios, se disfrazan de varones para poder presenciar la final entre Irán y Bahrein, por la clasificación al Mundial.

Descubiertas y detenidas por la policía militar, las chicas son obligadas a permanecer en una suerte de corral en lo alto del estadio, sin poder mirar el partido, lo que le lleva a Panahi –un cineasta que saca el mejor provecho de las situaciones más simples– a provocar una creciente tensión dramática entre aquello que se ve (la discusión de las adolescentes con los militares) y lo que se escucha (las reacciones de la tribuna durante el partido). Ese fuera de campo funciona como la verdadera columna vertebral del film, en términos estructurales y también conceptuales: se diría que allí, a la vista de todos, hay sin embargo algo que se oculta permanentemente, bajo un velo oscuro y pesado.

Con humor y sencillez, Offside se las ingenia para hablar de una sociedad machista, gerontocrática, represiva, organizada alrededor de leyes no escritas, que sancionan a la juventud en general y a la mujer en particular. No es de ninguna manera un film a la altura de otras obras de Panahi, como El espejo (1997) y Crimson Gold (2003), que se permitían una mayor complejidad formal. Tampoco la ayuda su final, un tanto forzado en su optimismo, casi demagógico y populista. Pero como siempre en Panahi, su película más reciente, premiada en el Festival de Berlín, permite formarse una idea muy precisa de los conflictos que laten en el interior de su país.