15 mayo 2008

Cannes 2008 : Cronica del Primer dia del Festival

Cuentan los libros de historia y los ancianos del lugar que hace 40 años no sólo ardía París con aquella bronca incendiaria e imprevista que hizo temblar al Estado, sino que también invadió el sofisticado Festival de Cannes, el templo supremo del cine e inigualable escaparate del personal auténticamente famoso o escandalosamente rico. La violenta guerrilla cinéfila pretendía boicotear un festival que, según ellos, también formaba parte del nauseabundo sistema y del tambaleante estado de las cosas. Hasta el momento no percibo en Cannes ninguna conmemoración de aquellos lejanos días de furia e iconoclastia, pero sí el renovado y deslumbrante desfile de gente muy guapa y estilosa que parece no sentir ningún arrobo especial al sentirse devorada por las miradas del boquiabierto personal.

También me han alojado este año en un hotel lujoso y con pedigrí, cuya salida está poblada a todas horas por inasequibles filas de mirones esperando con ansia la entrada de famosos y de estrellas, sensación que puede llegar a efectos orgásmicos en este paciente público si sus ídolos les saludan y les firman un autógrafo. Y uno se siente como el patito feo cada vez que hace su aparición por aquí, al constatar la desilusión de esa gente al comprobar que yo no soy una personalidad conocida, que sólo es uno que siempre pasa por ahí.

Hay una justificada expectación ante los sabrosos platos que nos puede ofrecer en esta edición un festival que dispone del privilegio para elegir lo mejor de la cosecha, un lugar en el que las cinematografías más potentes y las más exóticas, los autores consagrados y los desconocidos con pretensiones están anhelando ver seleccionada su película. Se percibe ilusión ante las últimas criaturas que han parido mitos como Clint Eastwood, Woody Allen, Steven Spielberg y Steven Soderbergh. Entre las 23 películas que compiten en la trascendente sección oficial, el cine francés se ha reservado la comprensible tajada del león. Y están los inevitables chinos, aunque afortunadamente esta vez no han abusado en número. Y varias muestras del cine italiano, al que se le presupone en ruina total desde hace mucho tiempo. Y huéspedes habituales y prestigiosos de Cannes como Wenders y Egoyan. Y revitalizado cine argentino. Y películas israelíes, brasileñas, húngaras y turcas. Y señores inquietantes del cine independiente norteamericano.

Y por supuesto, como siempre, ni la más leve pista del incomprendido, saludable, heterodoxo y atractivo cine español que proclaman sus autores. Recurrir a que los grandes festivales le tienen ojeriza al despreciado cine español ya resulta un poco cansino. A lo peor es que los organizadores no encuentran jamás nada que les fascine, excluyendo a sus amados Almodóvar y Amenábar. Pero lo que resulta lamentablemente transparente es que el cine español no cruza fronteras, que todo queda en casita.

La sección oficial se ha inaugurado con Blindness, firmada por el brasileño Fernando Meirelles, un director que antes nos había aterrado en Ciudad de Dios con su certidumbre de que la vida del lumpen no vale nada en las favelas de Brasil y también con una adaptación tan digna como emotiva de las denuncias sobre el Tercer Mundo de John Le Carré en El jardinero fiel. En esta ocasión, Meirelles adapta la novela de José Saramago Ensayo sobre la ceguera. Como no la he leído, me libro de eso tan socorrido como fatigoso de establecer comparaciones.

El recibimiento a Blindness ha sido menos que tibio, tirando a glacial. Y no se lo merece. Fernando Meirelles describe con suspense y angustia la repentina e incomprensible ceguera que le asalta a un grupo mestizo de gente en una ciudad indeterminada, la reclusión como apestados que les impone el ejército, su batalla por la supervivencia en esta situación progresivamente desesperada. El arranque es desasosegante y sólido, huele a ciencia-ficción de la buena, que contagia el estupor, la impotencia y el miedo de esas personas que han dejado de ver la realidad y ya sólo perciben una blancura luminosa. El desarrollo de su tragedia es inevitablemente alegórico, metafórico, simbolista, con mensaje, demasiado previsible. La reclusión de los que se mueven a ciegas, el abandono que sufren estos contagiados, la represión que les aplican los militares, convierten este hospital en una selva, en la explotación, la tortura y la violación de los fuertes sobre los débiles, en la transposición de los modelos de conducta y las relaciones de poder y de dominio que rigen el mundo exterior. Existen demasiadas pretensiones filosóficas y críticas en esta parte de la fábula, pero no es en absoluto despreciable. La veo con perturbación y esa inquietud se mantiene en mi recuerdo. Es una película extraña, enfermiza, con atmósfera, con algo atractivo.

CARLOS BOYERO - EL PAIS