
Hablamos, más que de un éxito de taquilla, de la excusa que hoy tienen los norteamericanos para rendirle honores a uno de sus más grandes héroes musicales de todos los tiempos, Johnny Cash. Un músico notable, de esos formados a pulso, de esos que escribían con la guata y cantaban con lágrimas, que no llenaba estadios pero que sí movía multitudes.
Dirigida por James Mangold ("Inocencia interrumpida", "Tierra de policías") y con Joaquin Phoenix en el papel protagónico, el de un cantautor de voz rasposa que se convirtió en estrella mundial por su desgarro a la hora del country, la cinta no digamos que ha recaudado millones pero sí que ha pagado la deuda con uno de los nombres que deberían ir atachado a las estrellas de la bandera gringa. Porque si hace un tiempo fue la hora de Ray Charles (notable Jaime Foxx encarnando al bueno de Ray), ahora es la de un hombre que hizo historia vestido de negro, con una guitarra de palo colgada a la espalda y un registro de barítono inconfundible.

Y cuando un hombre de 70 años recicla el sonido de Nine Inch Nails ("Hurt") y emociona con letras de Depeche Mode ("Personal Jesus"), bien vale hacerle su propia película y sentarse a verla con respeto. Sin palomitas, por favor.