
Dueña de un fascinante mundo personal, de una sensibilidad que no sabe de excesos y de una gran elegancia para la puesta en escena, esta joven de 32 años consigue con su segundo largometraje una agridulce e inclasificable mirada sobre las relaciones humanas que es, al mismo tiempo, una comedia de enredos y un melodrama romántico, pero sin caer jamás en los lugares comunes ni en las convenciones fundacionales de ambos géneros.
"Perdidos en Tokio" ha sido comparada con otros films sobre encuentros casuales cargados de nostalgia, seducción y exotismo como "Antes del amanecer", de Richard Linklater, o "Con ánimo de amar", de Wong Kar-wai, pero Sofia Coppola evita el intelectualismo del primero y la carga romántica del segundo. Mucho más lejos aún queda la impronta sexual del "Ultimo tango en París", de Bernardo Bertolucci.

El film es una pequeña obra de cámara sobre los distintos encuentros entre dos personajes tan atribulados como opuestos entre sí que alcanzan una extraña conexión, pero ambientada en medio de la artificialidad de un hotel cinco estrellas y de la inmensidad desoladora y alienante de una jungla de neón, cultura pop e insólitas costumbres, como la que a cada momento ofrece esa inmensa y desconcertante urbe que es Tokio.

Las dos criaturas de Coppola se cruzan en el ascensor y en el bar del hotel, y pronto descubrirán que tienen mucho más en común que el jet lag, el insomnio y las horas que pasan haciendo zapping entre patéticos shows de la tevé japonesa: mientras ella atraviesa una crisis vocacional típica de los veinteañeros, él pasa por una más existencial propia de los hombres de 50 y pico, y mientras ella descubre cuán vacuos han sido sus dos años de casada él convive con las miserias y las hipocresías acumuladas durante 25 años de matrimonio.

De todas formas, hay en "Perdidos en Tokio" algunos picos de un cine que llega a gran altura, como la escena en que Bob y Charlotte comparten la cama, pero no para caer en el facilismo de un fugaz encuentro sexual, sino para compartir una noche de complicidades, para confesarse los secretos y mentiras más profundos, para intentar encontrar un lugar en el mundo en el lugar más insólito del mundo. La realizadora prefiere la intensidad emocional al erotismo (sus manos apenas se rozan) para retratar toda la desesperación y la soledad de estas dos almas perdidas.

Murray logra otro de sus extraordinarios trabajos (como en "Hechizo del tiempo" o "Tres es multitud") para transmitir la vulnerabilidad y la frustración de su personaje, ya sea con una introvertida mirada o con su extravertida y sublime interpretación en un karaoke de "More than this", el melancólico himno de Roxy Music.
Aunque indudablemente es Murray el gran soporte y atractivo de la película, el trabajo de Johansson es también encomiable. Llena de matices y de pequeñas sorpresas, esta actriz de apenas 19 años consigue evitar -en favor del resultado final- que la película se convierta en un show unipersonal de Murray.

Así, tras su logrado debut con "Las vírgenes suicidas" y con esta notable continuación, esta cineasta demuestra que ya hace mucho tiempo dejó de ser "la hija de", incluso cuando su padre sea nada menos que Francis Ford Coppola