24 enero 2007

Bobby

En junio de 1968 uno de los políticos norteamericanos más atractivos de todos los tiempos, Bobby Kennedy, moría asesinado a tiros en el hotel Ambassador de Los Ángeles, cuando iba a anunciar su victoria en las primarias de California, lo que virtualmente le convertía en candidato demócrata a la presidencia. Ese año, la ofensiva del Tet destruía cualquier atisbo de victoria sobre el comunismo vietnamita, y la opinión clamaba por la retirada de las tropas, como ya empiezan a hacerlo con la paralela obscenidad de Irak; los primeros jóvenes del mantra que habían hecho el trek del Himalaya estaban de vuelta en casa; en el aire flotaba un aroma de paraísos lisérgicos; y aunque la palabra Berkely no se pronuncie ni una sola vez en la película de Emilio Estévez, la universidad que se conocía por ese nombre era ya mundialmente famosa como alma máter de los flower children, y de su evangelio de paz, amor y la más completa inutilidad social. Sólo un año más tarde se estrenaba Easy rider, de Dennis Hopper, el himno de la alegría para toda una generación, que en la literatura se llamó beat.

Y la excelente película del hijo de Martin Sheen, nieto de gallego e irlandesa, con el pretexto de recrear las últimas horas en torno a la vida de Robert Francis Kennedy, hermano de John Fitzgerald, el presidente asesinado en Dallas, es el biopic de un momento en el que cabía creer que las cosas podían ser diferentes con sólo elegir a un hombre en las urnas; de una transformación demográfica y social, la de California, que recibía la primera gran marea de inmigrantes de más allá de Río Bravo, los espaldas mojadas, como los llama Christian Slater, el racista oficial de la película; de un mundo que entonces parecía epifanía pero que hoy es más bien responso, a juzgar por tanto cristiano renacido, evangélico y pentecostal, que ilustra el gran revival religioso norteamericano contemporáneo, y que llegaba entonces, a lo que parece no sin traumas, a la pubertad.

Una serie de personajes, presentes y en algunos casos víctimas del atentado, animan con ambición coral un tanto berlanguiana el escenario en esas últimas horas antes del magnicidio. Del candidato apenas oímos unas palabras de apertura, y un discurso de cierre que es casi una elegía por sí mismo; una apreciación en porcentajes de voto de la primaria californiana en la que los tres mejor colocados, Kennedy, McCarthy y Lynch, eran católicos irlandeses; y alusiones de pasada de la próxima llegada del senador por el ex portero del hotel que no cree en la jubilación -Anthony Hopkins, como siempre, profesional-; del corredor de Bolsa, a todas luces demócrata -Martin Sheen, pasado de peso, sobrado de actor-; de los dos muchachos del equipo de campaña de Bobby, que, buscando un canuto, se empinan a su primera pastilla de LSD; y, con mayor razón que nadie, por el joven llamado a filas -Elijah Wood, aquí sin anillos- que espera que la victoria del candidato le libre de ir a Vietnam.

La película es sincopada, narrada a sorbos, pero tan directa como sencilla -no aspira a contarnos ningún momento excepcional de la vida de nadie-, maneja extraordinariamente bien -como el mejor telefilme- el entrecruzamiento de las historias, pero, sobre todo, captura una sensación de entusiasmo generalizado y contagioso en torno al segundo Kennedy. Una revolución sentimental protagonizada por una generación que, probablemente, se extinguió con el propio senador, son los puntos suspensivos de lo no dicho pero que está ahí. Y tres presencias medio espectrales, con ojeras y arrugas deliberadamente exageradas, Demi Moore, Sharon Stone, y Helen Hunt, son las parcas de la historia. Un retrato al bies de una ilusión en la que creyó media América, en algo que se llamó una vez años sesenta