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03 marzo 2006

El año en que Robert Altman se reconcilió con la industria


Altman es un maestro como realizador que se merece este honor. Ha redefinido los géneros, ha inventado nuevos modos de utilizar el medio y ha revitalizado los antiguos", explicó Sid Ganis, presidente de la Academia del Cine de Hollywood, cuando notificó que el veterano realizador recibirá el Oscar honorífico en la ceremonia del próximo domingo. Si había dudas sobre la inmensa capacidad de asimilación y recuperación que tiene el sistema sobre sus hijos más díscolos, las palabras del presidente de la Academia del Cine las disipan completamente.

El viejo Altman, que en febrero cumplió los 81 años, es probablemente una de las voces más críticas de la industria del cine norteamericano y, también, de la política del presidente George Bush. Sin duda, es un maestro que se merece tal honor, como señaló Ganis. Cuestión distinta es saber si la industria de Hollywood es merecedora de tal realizador, por más que en 2006 parezca decidida a lavarse la cara y presentarse ante el mundo con un toque progresista: sus nominaciones más importantes lo son a filmes de vaqueros homosexuales, de periodistas enemigos del paranoico McCarthy, biografías de escritores escandalosos, películas que denuncian el comportamiento de la CIA en Irak, historias de transexuales o sobre las dificultades de enterrar a mexicanos ilegales asesinados por guardas fronterizos... Hasta Spielberg se ha convertido en chivo expiatorio de los judíos más reaccionarios y parece ser que Harrison Ford se distancia de los papeles de impecable héroe de las barras y estrellas. Y en esa renovación académica después de tanta demagogia y servilismo, Hollywood decide acoger con todos los honores a uno de sus grandes hijos pródigos.

El veterano realizador (ha dirigido 86 películas, escribió el guión de 37 y ha producido 39 largometrajes) ha sido nominado como mejor director o mejor película en cinco ocasiones por sus filmes , M.A.S.H, Nashville, The Player, Short Cuts (Vidas cruzadas) y Gosford Park, sin haber conseguido ninguno. En 1970 obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cannes por M.A.S.H., su estupenda y divertida parodia de la guerra de Corea con la que también consiguió un gran éxito popular, hasta el punto de que fue adaptada a la televisión, donde tuvo una larga vida, interpretada y producida por Alan Alda.

Nadie que aprecie la ironía y posea un sólido bagaje cultural suele comulgar con ruedas de molino. Durante el rodaje en Canadá de la superproducción Buffalo Bill y los indios, Altman tenía frecuentes crisis: no entendía la actitud del productor, que le insistía en que gastara más dinero. Hubo secuencias en las que utilizó simultáneamente hasta siete cámaras, pero todo era poco. Descubrió uno de los lados oscuros de la industria: los inversores necesitaban justificar unas pérdidas importantes por razones fiscales. La película fue un fracaso económico y los financieros quedaron encantados. Suponemos que fue entonces cuando comenzó a fraguar una de las críticas a la industria del cine más divertidas y demoledoras: The Player (1991).

La carrera profesional de Robert Altman, al igual que la de otros maestros, desde Buñuel y Huston a Woody Allen, es irregular. Ha cometido errores que, probablemente, humanizan al personaje a la vez que realzan sus grandes aciertos. Lo ejemplar de su vida y su obra es la tenacidad demostrada, el no tirar nunca la toalla ante las dificultades de una industria tan competitiva como implacable y pragmática. Una constancia que equivale, en suma, a la demostración de una indestructible convicción en que el cine merece la pena pese a los errores propios o las mezquindades ajenas. Pertenece a esa estirpe de realizadores que cuando llegan las duras no tiene el menor reparo en retornar a la televisión, el medio donde comenzó dirigiendo telefilmes de Bonanza, por ejemplo, y filmar retransmisiones de óperas o convencer a los productores para experimentar nuevos géneros, como fue el caso de Tanner 88 para la televisión por cable.

En Altman se da también el caso de que posee un extraordinario gusto musical. En eso coincide con gentes como Scorsese o Eastwood. Su último filme, el que dicen los expertos que puede ser su testamento cinematográfico, A prairie home companion, presentado hace una semanas en el festival de Berlín y en el que vuelve a la música country que ya había diseccionado en Nashville, en 1975, es buena prueba de su interés por la música. Como lo fue el recuperar a la espléndida octogenaria Alberta Hunter tras 20 años de silencio para la banda sonora de su producción Remember my name, dirigida por Alan Rudolph en 1978.

En sus más de 45 años en la profesión, Altman ha dejado numerosas pruebas de su talento. Además de las que se han citado ya, no se pueden olvidar títulos como Prêt-à-porter (1994) o todo lo que usted siempre quiso saber de la moda y nunca se lo habían contado, con la estupenda secuencia de Sofía Loren y Mastroianni, y Kansas City (1996), un hermoso tributo a su infancia en la ciudad en la que nació, y que acompañó con un gran documental de una jam-session con los músicos que intervinieron en el largometraje.

El 5 de marzo, la Academia estadounidense del Cine recuperará a uno de los grandes talentos que pudo demostrar su valía a pesar del poder establecido