
El filme de Bennett Miller afronta ese problema de entrada y lo resuelve de manera extraordinaria. Por un lado, al tomar la historia de Capote por la mitad. No se trata de una biopic (película biográfica) típica. Aquí no nos vamos a centrar en saber cómo el niño Truman llegó a ser ese personaje entre freak y glamoroso, parte de la aristocracia intelectual de la Nueva York de los años '50, que escribió Otras voces, otros ámbitos y Desayuno en Tiffany's y se transformó en centro de atención del mundillo intelectual neoyorquino.
Miller lo toma ya convertido en "personaje", a punto de vivir un evento que iría a cambiarle la vida para siempre.El otro gran logro del filme es mérito de Phillip Seymour Hoffman. Si bien es imposible hacer a Capote sin sus tics, sus manierismos y su voz susurrante y seseosa, uno se acostumbra al asunto a los diez minutos y deja de mirar al "actor actuando". Hoffman logra trascender el tic y si llama la atención sobre sí mismo es porque así era Capote, no porque el actor intente comerse a la película.

Luego de ganarse la confianza del sheriff local (Chris Cooper), Capote consigue —una vez descubierto los asesinos—, un privilegiado acceso para poder hablar con ellos y conocer el por qué de tamaño crimen. Y será a partir de su relación con Perry Smith, el mentor de la dupla, que Capote terminará armando el libro A sangre fría, clásica novela de no-ficción. La clave del filme será ver cómo Capote soluciona el conflicto que se le presenta entre su relación de amistad con Perry y la necesidad de terminar un libro que se va estirando y estirando, mientras los condenados intentan evitar ser llevados a la horca y Truman se debate entre seguir ayudándolos o renunciar a ello y así poder acabar su novela.

Por último, claro, hay que destacar la actuación de Hoffman y cómo —más allá del parecido o no con el escritor— es capaz de crear un personaje tan rico en contra dicciones sin jamás juzgarlo ni ser condescendiente con él, poniéndose siempre a la par y descubriendo en el momento lo que la realidad —o su propia vida— le va deparando. Y si Hoffman entra muchas veces en ese peligroso territorio del "mírenme", en realidad el llamado de atención es del propio Capote, un tipo genial, talentoso y confundido, que creía poder controlar el mundo hasta que el mundo lo dio vuelta como un pañuelo