
Bree está a días de conseguir la autorización para cambiar de sexo cuando se entera de que, de joven y producto de un arrebato del que prácticamente se había olvidado, es padre de un hijo. El mismo ya es un adolescente, y se prostituye en Nueva York. Bree, que tras varios procesos hormonales está deseando deshacerse de su odiado pene, no puede menos que aborrecer la situación y sentirse visiblemente incomprendida cuando su psiquiatra le manda a conocer a su hijo, como paso previo a autorizar la cirugía.
Bree, que fue Stanley hasta no hace mucho, tiene que realizar el viaje a Nueva York, alejándose muchísimos kilómetros de la operación que la está aguardando en Los Angeles, y debatir varios temas. ¿Cómo hacer para que, vestida de mujer, su hijo Toby entienda su situación, si es que se decide a revelárselo? La cuestión no es menor para un hombre en cuerpo de mujer, que está ante un caso de paternidad no asumida, por lo que afloran sentimientos encontrados hacia el hijo, hacia sí mismo y la sociedad que, más que menos, la margina.

Huffman más que componer a su personaje lo crea, lo reinventa y lo vive. La ambigüedad por la que va atravesando, sea en una cafetería o en la estación de policía de donde saca a su hijo, haciéndose pasar por una misionera cristiana, la llevan a conseguir una de las interpretaciones más brillantes, graciosas y profundas que se haya visto este año.
Tucker, como realizador, moldeó esta película del camino a partir de la necesidad de su protagonista por saber quién es —algo común a Toby, también magistralmente compuesto por Kevin Zegers— y dejando de lado las posiciones políticamente correctas. Bree está "en camino" a su vez a ser una mujer, pero la aparición de Toby le trastoca sus creencias, y sus encuentros con otras transexuales no hacen más que sumar deseos y pesares.
