
No todo el éxito de Soy leyenda es obra de Smith. El director (sólo conocido por la discreta Constantine) exhibe una enorme y creativa visión para transformar esa distopia literaria californiana en un muy creíble infierno neoyorquino, utilizando la ciudad desierta y abandonada como el patio de la casa de nuestro héroe.
Las potentes imágenes de la ciudad vacía, con animales salvajes corriendo por sus calles, los pastos crecidos, y con sus icónicos sitios transformados en putrefactos símbolos de un mundo que no es más, dan en lo justo. Soy leyenda es, más que un desafío actoral o la historia de un sobreviviente, una metáfora sobre una humanidad en camino a la autodestrucción. Cada uno puede ponerle el nombre que quiera (terrorismo, manipulación genética, sida, guerras, descuido de la ecología, etc.), pero lo cierto es que la metáfora funciona.

Mientras escucha a Bob Marley —algo obvia pero muy agradable referencia musical— y se organiza recorriendo la ciudad durante el día, por la noche se cuida con maniática organización de los ataques. Pero estos se harán inevitables y el filme mezclará poderosas escenas de muy bien coreografiado suspenso (dos de los encuentros entre Robert y una criatura son especialmente poderosos) con la vida cotidiana —por momentos hasta cómica— de la supervivencia del hombre y su perro.

Sin la complejidad narrativa ni el virtuosismo de Niños del hombre, pero con similar enfoque temático y con la espectacularidad que le dan sus escenarios, Soy leyenda atrapa desde los sentidos, impacta desde lo visual y provoca desde las ideas, que pueden parecer básicas y hasta didácticas, pero que, como en toda buena historia de ciencia ficción, terminan siendo centrales: ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? ¿Cómo cuernos salimos de ésto en lo que nos metimos?-