12 junio 2008

Sex and the city

Es un fenómeno que algunos entienden porque lo siguieron por la TV por cable, y para otros será nuevo. Cuatro amigas que viven y hablan sobre el amor en una Nueva York glamorosa ahora regresan tras una interrupción de cuatro años y seis temporadas, pero a la pantalla grande. A ver: ¿Carrie se casa, o no? ¿Charlotte podrá quedar embarazada? ¿Samantha... fiel? ¿Miranda se cansará de su esposo?

Carrie -siempre un café de Starbucks a mano- parece dispuesta a dejar la soltería. Eso implica cambiar su enorme closet por un vestidor aún más grande en un penthouse luminoso, y con Big incluido en el arreglo.

Para quienes nunca en su vida vieron un capítulo de la serie -que los hay-, la pregunta que va latiendo es ¿hay final feliz después de los 40?

Carrie -nunca el mismo vestido- escribe sobre amor. "Escribo sobre qué pasa cuando se lo encuentra, no cuando se lo busca." Eso fue antes, años ha, en los tiempos de la serie. El espectador que se siente a ver la película conociendo la tira de TV, corre con ventaja.

Para conocer a Carrie bastan unos pantallazos, una sola escena. Se va a la cama a dormir (o lo que sea) con el collar de perlas puesto, lee libros prestados en la biblioteca pública (para sentir "el olor" a biblioteca). Y tiene la coquetería de ponerse los lentes de Big, que está a su lado, en vez de pasar de una buena vez por el oculista para que le recete los suyos. Compartir, que le dicen.

Big -que ahora tiene nombre, John James Preston, una licencia para con Preston Sturges, el admirado realizador del director y coguionista King- es un financista. Poco y nada sabremos de él a lo largo de la película. Bah, en la serie pasaba lo mismo. No importa. Aquí todo gira en torno a Carrie y/o a sus tres amigas. Big es el novio de (o "amigo especial", como lo llama), y si desencadena algo es en función del vínculo.

Sex and the City, más que la serie, es un relato sobre los vínculos. La amistad puesta a prueba, y de manifiesto cada vez que una de las chicas esté en aprietos. Los personajes masculinos, por si alguien pregunta, bien, gracias. El que no es un cobarde es infiel, sólo un objeto sexual o pasa totalmente inadvertido (Harry, el marido de Charlotte).

Al espectador atento le cabe preguntarse cuán vacía puede ser una mujer -y ni qué decir un hombre-: por momentos se siente que importan más las formas que el contenido. Porque los personajes femeninos de Sex and the City
podrán pasar como gente como uno, por lo que atraviesan, ya que no son macchietas, siempre que uno no tenga problemas de dinero y se pueda dar los gustos y lujos de Carrie y Samantha. Que también se deprimen. Nada que una buena cartera de Louis Vuitton no pueda remediar.

A favor, el filme reconstruye esas relaciones con verdadera gracia y credibilidad, nunca decae y es ciertamente entretenido, divertido. Sarah Jessica Parker y cía se mueven con soltura y es fácil ingresar a su mundo privado.

Como aquel tema que cantaba Peter Gabriel con Genesis, Sé lo que me gusta (de tu guardarropa), aquí al "Sé", además que como saber puede conjugárselo como ser. Las mujeres adictas a Sex and the City que quieren que Carrie "sea" lo que les gusta de su enorme, lujoso y glamoroso vestidor, no saldrán para nada defraudadas
.