
Más allá de los conflictos del personaje central, lo más interesante y atrapante de esta serie creada por Matthew Weiner, uno de los guionistas y productores de Los Soprano , es el contexto social e histórico que aparece como fondo de las andanzas de los publicitarios. Muy lejos de la corrección política reinante en los ámbitos laborales norteamericanos de hoy en día, en la agencia se habla a las secretarias y de ellas como si se tratara de pedazos de carne para consumir; se fuma en cadena sin que nadie se queje, y se bebe en exceso a cualquier hora. La nostalgia por tiempos supuestamente más inocentes que los actuales queda pronto disuelta en comentarios misóginos, secretos inconfesables y discriminaciones al por mayor.

La máquina del tiempo que es Mad Men sabe calcular la justa medida de cinismo y desesperación en sus personajes que viven día tras día como si fuera el último. Así, disfrutan de la vida y al mismo tiempo no se preocupan por las consecuencias de sus excesos, unas prácticas que vistas desde el siglo XXI parecen casi de otro planeta. Pero si hay algo que no cambió entre aquellos tiempos bisagra, previos al hippismo, los movimientos pacifistas y sociales, y estos, es la descarnada competencia laboral.
Mientras Draper sufre por encontrar esa idea que lo mantenga al tope de su trabajo, del otro lado de la puerta de su oficina una ingenua ingresa a la cueva de los leones. Al menos eso parece Peggy, la nueva secretaria de la agencia. Incómoda ante los comentarios de todos los hombres que la rodean, incluido el médico al que acude para que la provea de las por entonces revolucionarias pastillas anticonceptivas, la chica probará ser desde el primer capítulo algo muy distinto de lo que aparenta. De eso se trata Mad Men , de una época en que las mujeres debían aparentar placidez, conformidad y resignación.