
"Petróleo sangriento" no es una gran producción por el dinero invertido, sino por la manera como está filmada: es épica, pero es íntima y está recogida en un protagonista único. Lo de Paul Thomas Anderson, el director de "Boggie Nights" (1997) y "Magnolia" (1999), es el retrato de un hombre destinado a convertirse en un visionario y en un millonario de comienzos del siglo XX y, por tanto, en un pilar del capitalismo. Esta es la historia de esa construcción, pero la letra es pequeña y sucia, porque Plainview está dentro de la ley, es un vecino decente y honorable que emplea las armas que el sistema le permite: compra las tierras a precio vil, hace negocios con granjeros ignorantes, tiene la ventaja de la información privilegiada y si la religión le sirve, también la usa.

La película se vuelca en Plainview y en su conciencia, porque es alguien sin mujer ni hijos y sin nadie que lo quiera, pero un exitoso empresario que aprovechó las oportunidades y la ocasión, tuvo audacia, suerte y pocos remordimientos; puso talento, trabajo y en todo el camino, y éste es su tormento, no encontró nada parecido a la bondad, al bien común o a los designios de Dios. Plainview padece su soledad y en su cuerpo y semblante, en sus sudores y voz, se depositan y reflejan sus males: desde las ansias de poder del torvo Ricardo III a la ambición ilustrada del ciudadano Kane.
Daniel Day-Lewis está casi todo el tiempo en pantalla y su actuación es descomunal, por lo que su personaje empalidece todo lo que está a su alrededor; también al joven predicador que interpreta Paul Dano, un buen actor, pero demasiado liviano para un Daniel Day-Lewis tan intratable, brillante y aplastante, que su actuación es incluso mejor que la película.