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05 marzo 2009

El amor (y el humor) en tiempos de Facebook

¡Ah, el amor! Tanto se ha dicho acerca de él y el mundo todavía gira. Pero alguien vuelve a preguntarse si hay reglas para amar y no falta quien enseguida inventa un par de ellas que pretenden imponer algo de orden en el caos de las emociones. Simplemente no te quiere se aprovecha de ese viejo mecanismo que cada persona lleva dentro y que sólo se calma con la certeza del sentimiento correspondido. El resultado es una comedia que tiene tan poco de novedoso en lo argumental como de divertido en lo dialógico, dos detalles que vuelven indispensable un elenco carismático, capaz de decir con gracia e interpretar con oficio. Mención de honor, entonces, para los productores que consiguieron reunir un grupo tan nutrido y eficiente de figuras y figuritas.

En Simplemente no te quiere conviven dos líneas claras que sostienen su relato: por un lado un conjunto de títulos que lo van segmentando, y por otro las historias que se multiplican a medida que los protagonistas –que no son pocos– comienzan a entrecruzar sus caminos. Los títulos mencionados, siempre construidos a partir de condicionales del tipo “si no te llama”, “si ya no se acuesta contigo” o “si no te propone matrimonio”, que indefectiblemente se resuelven al combinárselos con la afirmación que da nombre a la película, son acompañados por separadores donde distintas personas ofrecen un testimonio relacionado con él. Un recurso similar al que organizaba la trama de Cuando Harry conoció a Sally. A partir de cada título los personajes comienzan a definirse: una chica enamoradiza que no puede esperar que sean los muchachos los que hagan el primer llamado; una mujer obsesiva que no soporta ni el cigarrillo ni la mentira, casada con un hombre que conoce (o no) a la mujer de su vida en la cola del supermercado; un experto en mujeres que no consigue comprometerse; y la que, en pareja hace años con el que descree del matrimonio, aún sueña con el altar. El amor visto como un conjunto de compulsiones e inequívocos síntomas de neurosis, que de manera paradójica son parte del camino del deseo y el placer. Una visión que además incluye ácidas pinceladas de humor acerca del amor en tiempos de Facebook: “Si quiero volverme más atractiva para alguien ya no voy a la peluquería, sino que modifico mi perfil en MySpace”.

Aunque se destacan la belleza del elenco (al menos en ese rubro el trío Aniston-Connelly-Johansson es casi insuperable), las aceptables actuaciones y la agradable química de algunas parejas (sobre todo la que conforman los menos taquilleros Ginnifer Goodwin y Justin Long), la película se permite una visión final más alentadora de lo que su nombre hace suponer.

Y aunque no está mal la idea de que el amor es siempre la excepción a la regla que permite que dos personas se encuentren en un mar de millones, ante tanto conflicto neurótico parece más adecuada una afirmación de Lucrecia Martel: el amor es algo que no tiene que ver con la salud, sino la enfermedad a la que todos aspiramos