
Las películas de Miyazaki están muy, muy lejos del grueso de la animación nipona. Por encima de corrientes y modas pasajeras, Miyazaki utiliza su cine como vehículo de historias y las historias como vehículos de mensajes, sin permitir jamás que la forma en la que se cuenta la historia (la animación) predomine por encima de la historia que se está contando. Alejado de sonidos y furias visualmente impactantes, pero ulteriormente vacías (y se puede citar como ejemplo la enormemente sobrevalorada Evangelion); el cine de Miyazaki es ante todo y sobre todo eso: Cine. Con mayúsculas. Cine que puede perder la odiosa coletilla de animación (odiosa cuando se emplea como elemento separador y marginativo), cine que puede codearse con cualquier otro tipo de cine en igualdad de términos, e inflarse a ganar festivales en todo el mundo, como el prestigioso Oso de Oro de Berlín y el Oscar a la mejor película de animación. En su última película, El viaje de Chihiro, Miyazaki vuelve a demostrar todo lo anteriormente dicho.

Chihiro es una niña de unos diez años que, acompañada de sus padres, se dirige a su nuevo hogar. En el camino el padre se extravía y, después de empecinarse en hacer subir el coche por un auténtico camino de cabras, llega a la entrada de un extraño túnel en medio de un claro del bosque. A pesar de la negativa de Chihiro, a quien el túnel le da miedo, los padres se internan en él, para descubrir al otro lado lo que el padre describe como un parque temático abandonado.

Y es este planteamiento argumental, tan aparentemente simple, el que da pie al tour de force maravilloso que es El viaje de Chihiro. Se nos va desgranando la aventura poco a poco, mediante una historia de pulso lento pero encomiablemente sostenido, de un simbolismo irresistible. Los espectadores vamos conociendo las reglas y los habitantes de este mundo mágico al mismo tiempo que Chihiro, quien comprende muy rápidamente que debe espabilar si quiere sobrevivir a este viaje al otro lado del espejo. En concreto, Chihiro comprende que debe hacer lo que jamás ha necesitado: trabajar para ganarse la vida, como sirvienta en el balneario de los dioses, regentado por la bruja Yubaba (¿quizá un homenaje a la mítica Baba-Yaga?). Por si eso fuera poco, la bruja le ha robado el nombre y, si quiere regresar a nuestro mundo (y rescatar a sus padres), debe recuperarlo. Mientras tanto, será conocida por los habitantes y empleados del balneario como Sen. La transformación se hace evidente: Sen es una niña responsable, valiente y trabajadora; en contraposición a la egoísta y despreocupada Chihiro. No deja de ser irónico, y simbólicamente delicioso, que todo cuanto Sen aprende del mundo de los kami lo empleará en abandonarlo, que cuanto más afianzada se encuentra Sen en su mundo, más cerca está de convertirse en Chihiro nuevamente y abandonarlo para siempre.

En resumidas cuentas, Hayao Miyazaki lo ha vuelto a hacer: El viaje de Chihiro es una obra maestra del cine. Cine a secas, sin más adjetivos. Siento ser reiterativo, pero creo que es el mejor cumplido que modestamente le puedo hacer a la que muy posiblemente sea la mejor película, sin barreras de géneros o nacionalidades, estrenada en cines en el 2001.