
La película obliga a supeditar el ejercicio racional y habitual - entender la película- a una experiencia de otra naturaleza y sólo con esta llave se abre la cerradura de una película ligada a los sentidos - la vista y el oído- que busca desorientar y desequilibrar y de esta manera se percibe la atmósfera turbadora, la naturaleza caótica y el aliento negro de "Imperio".
La actriz Nikki Grace (Laura Dern) es una mujer desconcertada, porque no sabe qué ocurrió primero y qué sucedió después. Está extraviada en el espacio y el tiempo y la película, que está filmada en video digital, responde a esta percepción y no obedece a la lógica, los hechos no están encadenados y no hay cronología, guía, bastón o ayuda.

La de Nikki es una identidad esparcida, doble o a lo mejor triple, depositada en la película y en su remake, pero en definitiva en el cine, donde ya no se sabe qué vino antes y cuál es la copia. Es imposible descubrir el origen o la verdad y es una historia que nunca pone el pie en tierra firme, porque avanza y retrocede a saltos. Los sucesos de la película no logran afincarse en la memoria, no encajan ni ajustan y el esfuerzo por buscar coherencia es inútil, porque "Imperio" se resiste a ser comprendida. Y a lo más da señales y datos intermitentes, donde nada es coincidente.

"Imperio" es otra cosa, es lo distinto y exigente, es lo nuevo y arriesgado, quizás es el viejo cine como arte, algo escaso, perturbador, incomprendido y siempre combatido