
La Stasi era la policía secreta de Alemania Oriental, antes de la caída del Muro en Berlín. Gerd Wiesler (un impecable Ulrich Mühe) se gana la vida desconfiando de ajenos. Escucha, observa, vigila, espía. Le encomiendan un caso. Uno más para entretenerse entre su vida chata, un caso para dosificar su existencia abúlica, y entre su encuentro con una prostituta, que ni siquiera consigue arrancarle una sonrisa. Wiesler no sonríe en ninguna toma de los 137 minutos que dura La vida de los otros.

Desde ese momento, el espía podrá cambiar el devenir de los vigilados —y de otros—, ocultando datos en el informe que debe subir a su ¿amigo?, ex compañero de estudios, hoy convertido en figura política en el ámbito de Cultura.
La vida de los otros tiene un ascetismo que linda con lo dramático. A Wiesler uno lo mira con mala cara desde la primera escena, ya que Georg Dreyman y Christa-Maria Sieland son los buenos de la película, los rebeldes —sobre todo él— en un mundo de opresión.

Ulrich Mühe y Sebastian Koch, ambos de Amén, de Costa-Gavras, logran que el espectador sufra a cada instante. Si ambas actuaciones son soberbias, la del espía sobresale. Casi no gesticula, pero lejos de ser un robot, Mühe expresa sus sentimientos contrariados de manera vibrante, en este filme imprescindible, por sus implicancias y sus múltiples miradas sobre lo peor de la condición humana. Impresionante